Llegaba contrariada al patio de cuadrillas. Pero hay momentos que me devuelven a mi centro, que me alegran el alma y el corazón y me recuerdan por qué sigo en esto.
Cuando pequeños aficionados me buscan, me llaman por mi nombre o me piden una firma en sus capotes, siento una emoción difícil de explicar.
Y ayer, Sebastián me regaló una estampita del Señor de los Milagros. Un gesto pequeño, pero inmenso en su significado.
Y aunque pretendan impedirme contarlas con mis propias imágenes, siempre existirán las palabras. Esas que nadie puede arrebatarme y con las que seguiré ejerciendo el periodismo que elegí hace tantos años.
Gracias, Sebastián. Tu regalo vale mucho más de lo que imaginas. 
Fotos publicadas con autorización del padre.

.jpeg)