PALCA Y
SICAYA: CUANDO LA FIESTA SE VIVE DESDE EL CORAZÓN
Por Magaly
Zapata
Después de una década volvimos a Palca, perla taurina enclavada entre dos apus protectores que enmarcan un coso de sabor torero antañón.
La corrida se saldó con la puerta grande de José Garrido y la salida a pie de Juan del Álamo y Óscar Quiñónez, lastrados por el acero. El encierro de Apu Saywa se movió sin clase, con peligro sordo y evidente, haciendo cositas de mansos. El juez acertó al negar el indulto del segundo, inmerecido, pues como el resto se escupió del caballo y fue remiso a embestir a no ser por quien tuvo delante.
Ese fue Garrido, administró con inteligencia el poco fondo del silleto en una faena corta y de calidad. Más templado y profundo al natural, que pulseó con gusto y suavidad, recreándose en los vuelos de la pañosa. Estocada fulminante y dos orejas. Con el gazapón quinto volvió a mostrar oficio para ahormarlo. El viento incordió, pero supo aprovechar la inercia con la muleta a la altura de la cadera para ligar. Ovación.
Del Álamo se enfrentó a dos toros deslucidos y a menos. Con el primero, que se vencía por ambos pitones, el temple fue su mejor argumento y el público acompañó la faena, pero falló con el acero. En el cuarto aprovechó la inercia de un galope natural sin recorrido y lo domeñó con la muleta retrasada. Palmas.
Quiñónez pechó con el lote más complicado. El tercero, avieso y de feas hechuras, buscaba el cuerpo desde el capote y acrecentó su peligro en banderillas y muleta. Abrevió. El sexto, de mejores hechuras y único que peleó bien en varas, terminó prendiendo al peruano y estrellándolo contra la arena durante largos segundos. Milagrosamente salió ileso. Palmas.
El Dr. Antonio Pecho lideró la comisión taurina y merece cabal reconocimiento al apostar fuerte por el cartel y, especialmente, por el cuidado del coso y el ruedo, la música y al no permitir megafonía, se mantienen fieles a la tradición. Como hace una década, volví a salir encandilada con esta placita bajo los dos inmensos cerros que tutelan nuestra tradición.
Pero esta vez había una razón más para llegar al corazón taurino de los Andes: vivir la fiesta patronal de Sicaya. Había estado muchas veces, siempre para ver los toros y volver. Esta vez entré al trapo de la ilusión por compartir una celebración que me contaban especial y singular. Y así fue. Perú y sus tradiciones nunca dejan de sorprenderme.
Saber que existen es poco si se tiene la oportunidad de vivirlas y ser partícipe de su esencia, junto a familias que mantienen viva la llama de la tradición, el culto, el rito y la fe. Lo viví junto a la familia Valle Asto, tanto en las vísperas celebrando al Apóstol Santiago. Danzas, música y recogimiento ceremonial, festivo pero reverencial, como ofrenda a su guía espiritual. Honor ser parte de la capea benéfica de la Peña Taurina Santo Domingo de Guzmán, entendí aquella otra dimensión del rito taurino: cuando la fiesta se convierte en un acto para el bien común de un pueblo, el toreo encuentra una consonancia profunda con la vida.
El toro, tótem de prosperidad, sirve también para ayudar a quienes lo necesitan. Gran labor de la Peña y de mi amiga Rocío Valle Asto, por mantener viva una tradición que no solo se celebra: se comparte, se entrega y se convierte en solidaridad. Esto es Sicaya taurina. Inefable cuando se vive desde el corazón.