15 agosto, el día que más se torea en España.
Por Burladero
San Sebastián (País Vasco) .- Tercera de la Semana Grande 2026 con toros de Alcurrucén para Sebastián Castella, Alejandro Talavante y Roca Rey. Entrada: Media plaza.
Sebastián Castella, Ovación con saludos y Oreja;
Alejandro Talavante, Ovación con saludos y Ovación con saludos:
Roca Rey, Ovación tras dos avisos y Ovación con saludos;
Sin el preludio del brindis, Sebastián Castellarompió las hostilidades. Lo hizo exigiéndole por abajo, sometiendo la embestida en unos doblones de mando absoluto. Tenía el toro una prontitud que quemaba, tanta que en los albores del trasteo llegó a ganarle la acción, adelantándose a los toques del francés y atropellando la razón por momentos. Pero latía en el animal un fondo de nobleza inagotable, una clase a raudales que Castella terminó por atemperar. El galo, asentadas las zapatillas y con esa verticalidad tan suya, fue cincelando series de derechazos rotundos, de trazo largo, hondo y poderoso. Una obra de innegable argumento e importancia para desperezar la tarde. Epilogó el trasteo en los terrenos de cercanías, girando en redondo para abrochar con un desplante desarmado. Lástima que la rúbrica no estuviera a la altura del lienzo: una estocada que viajó caída en su cuasi totalidad y un golpe marrado con el verduguillo antes del acierto definitivo, dejando el merecido premio reducido a una fuerte ovación con saludosdesde el tercio.
Asomó por toriles el cuarto, un animal deslucido de salida y de comportamiento errático que, a simple vista, sembraba un mar de dudas y en nada presagiaba las mieles del triunfo. El tercio de varas transcurrió como un mero y burocrático trámite, sin pena ni gloria. Y ahí radicó el misterio de la tauromaquia: donde el cónclave, la capa, el peto y los garapullos solo auguraban espesa oscuridad, la clarividencia lidiadora de Sebastián Castella vislumbró el resquicio de la luz. Brindó al respetable, ancló las zapatillas en la arena y desató el asombro. Inició el trasteo por estatuarios de auténtico infarto, hierático y literalmente imantado a la arena, pasándose al astado por la faja para dejar, acto seguido, un cambiado por la espalda de soberbio mérito. El graderío contuvo el aliento y dejó escapar más de un pavoroso rumor; el galo, convertido en un pilar de mármol, aguantó estoico las tarascadas y los secos derrotes del de Alcurrucén, limando las asperezas y encauzando el viaje con el toque prodigioso de la pañosa.
La arquitectura de la faena tuvo dos cumbres cristalinas en su prólogo y su epílogo, pues el núcleo de la obra adoleció de eco en los tendidos. Durante ese ecuador del trasteo faltó la transmisión, ese picante y esa chispa de bravura que tantas veces atesora este hierro y que es, precisamente, el combustible que insufla vida a la tauromaquia del diestro francés. Consciente de ese valle de intensidad, Castella quemó las naves en el tramo final, acortando las distancias e invadiendo los terrenos del toro. Se metió entre los pitones, pasándose a la res por la espalda y firmando unos desplantes de inverosímil valor, rozando los pitones, dotando a toda su labor de un mérito incuestionable. La rúbrica llegó con el acero: una estocada cobrada en todo lo alto y en el sitio exacto, que dio paso a una agónica muerte de bravo, de las que dignifican el ruedo. El usía asomó el pañuelo blanco, concediendo una más que trabajada oreja.
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