Por Magaly Zapata
Hay
palabras que aparecen sin buscarlas. O quizá llevan años esperando el instante
preciso para revelarse.
No era la
primera vez que veía torear a José María Manzanares. Tampoco era la primera vez
que sentía esa emoción difícil de explicar al contemplar su tauromaquia.
Durante años había percibido algo que iba más allá de la técnica y del
resultado, una dimensión estética inseparable de la esencia de su toreo. Lo
había sentido muchas veces, pero fue en Bambamarca que fui capaz de nombrarlo.
Temple,
elegancia, armonía, personalidad, empaque… todas describían una parte de
aquello que contemplaba, pero ninguna alcanzaba a contenerlo por completo. Entonces
apareció, casi sin buscarla, mientras hablaba a la cámara “a toro pasado”, la
expresión que solo acierto a describir como glamour torero.
No hablo del glamour entendido como imagen, fama o estilismo fuera del ruedo. Hablo de una cualidad que nace exclusivamente dentro del redondel de arena; una dimensión estética del toreo que surge de la pureza de las formas que componen el rito.
Porque el
toreo también está hecho de formas: el andar por el ruedo, la manera de citar
al toro, la colocación delante de él, la forma de embarcar la embestida, el
modo de andarle por la cara para volver a colocarse, los tiempos, los
silencios, el ritmo y el compás.
El glamour
torero no añade belleza al toreo. Nace de él.
Un torero
puede ser un artista y expresarse como tal en el ruedo. Pero solo unos pocos,
los verdaderamente elegidos, consiguen elevar esa expresión a un plano
superior, casi etéreo, donde la técnica deja de mostrarse porque ha sido
plenamente dominada y queda al servicio del arte.
Acaso el glamour torero sea la manifestación estética de ese estado de gracia del que hablaba José Bergamín en La música callada del toreo: ese instante excepcional en el que la pureza de las formas que componen el rito alcanza tal armonía que el toreo parece desprenderse de la técnica para elevarse a la quintaesencia del arte.
Es entonces
cuando el pensamiento se conmueve y deja de analizar para contemplar, más allá
de la tierra, del aire, del fuego y del agua; en ese territorio donde el arte
parece rozar lo inefable. Es ese instante cercano al duende, donde la razón se
rinde ante una belleza que no se explica, sino que se siente.
Y en esa búsqueda de la belleza esencial, el Mediterráneo se revela como la geografía torera íntima de José María Manzanares, no solo por la tierra que lo vio nacer, sino porque su toreo parece envuelto en esa luz mediterránea que Sorolla supo atrapar en sus lienzos.
Su toreo
tiene la respiración de ese mar: la cadencia de las olas que vienen y van sobre
la orilla, acariciando sin brusquedad, encontrando siempre el ritmo y el
compás. Su muleta no rompe el viaje del toro; lo acompaña. Lo acaricia, lo
conduce, lo envuelve en una armonía donde cada movimiento parece encontrar
naturalmente su principio y su final.
No es
lentitud. Es compás.
No es dulzura. Es dominio.
No es adorno. Es pureza.
En esa forma de torear aparece también la media altura manzanarista cuando la condición del toro la requiere. No como una fórmula, sino como una lectura inteligente de la embestida. En los Manzanares, padre e hijo, ese recurso técnico alcanza una dimensión estética excepcional, porque la profundidad de su ejecución lo eleva hasta una expresión de estilo, donosura y empaque torero que trasciende la técnica para alcanzar la belleza.
Ese estilo,
donde la profundidad y la esencia conviven con la naturalidad y la sabiduría,
es la más auténtica denominación de origen de una dinastía. Una manera de leer
la embestida, acompasarla y acompañar su recorrido desde la suavidad, el ritmo
y el compás; una forma de acariciar la embestida del toro, gobernando su fuerza
sin violentar su viaje.
Hace años, durante una entrevista radiofónica, José María Dols Abellán, Manzanares El Grande, me
dejó una frase que permanece en mi memoria:
"El
toreo es como hacer el amor… lento y a compás."
En esas
palabras estaba resumida toda una filosofía. Porque el buen toreo consiste en
gobernar el tiempo. Esperar, templar, acompasar. Dejar que la embestida
encuentre su música.
Ese glamour
torero quizá no pueda enseñarse ni copiarse. Acaso sea una cuestión de
herencia, de sensibilidad, de un linaje que convierte una forma de torear en
auténtica denominación de origen. No es una pose ni un artificio. No es algo
que se viste, sino algo que se alcanza cuando la verdad del toreo encuentra su
forma más pura de expresión.
En Manzanares esa forma de decir el toreo siempre
estuvo allí. Lo único que ocurrió en Bambamarca fue que, después de tantos años
contemplándolo, encontré palabras para mi conmoción.
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