Por Magaly Zapata
Acho se
respeta. No sólo porque sea la plaza más antigua de América ni porque sea
Monumento Histórico, sino porque representa una forma de entender la
tauromaquia basada en el rigor, el rito y la verdad. Por eso resulta doloroso
escribir estas líneas tras el festival celebrado ayer.
Acho se
respeta. Aunque ciertos "turistas", en el viejo decir de Acho,
concurran ansiosos por volver a la plaza y acepten lo que les echen, y también ciertos toreros trágalas, dispuestos
a anunciarse con tal de pisar Acho, aun teniendo que venir con su pan o, mejor
dicho, con su toro regalado bajo el brazo, insisto: Acho se respeta, señores.
Esta es una crónica que no quisiera escribir, pero hay cosas que deben quedar
escritas. El fin no justifica los medios.
Por eso no hubo el sorteo de rigor por la mañana, con anuencia de Usía. El público pidió el cambio de un toro. No se hizo porque, según la tablilla de los patios, no había sobreros disponibles. Otra negligencia de la autoridad. En el saco de responsabilidades encajan el organizador De Vuelta al Ruedo, quien cedió o alquiló la Catedral del Toreo de América para estos fines; y, cómo no, el alcalde del Rímac, cuyo representante, elegido para ocupar el palco ejerciendo de juez de la corrida —el mismo que suele serlo de la Feria del Señor de los Milagros—, dio pase a ganaderías sin historial ni procedencia conocida y, peor aún, concedió orejas a mansalva sin tener los ojos puestos, por ejemplo, en la colocación del acero que, en el caso del español Pérez Mota, salió más de una cuarta por el costillar. Si la petición no fue mayoritaria, su criterio taurino debió poner las cosas en su sitio.
Qué nos
queda decir del indulto, que terminó siendo un insulto y un irrespeto a la
historia de Acho y a la categoría que los taurinos pretendemos preservar.
Porque un indulto nace del clamor del tendido, de una petición mayoritaria,
casi unánime, que reconoce la excepcionalidad de un toro. Luego corresponderá
al ganadero o a su mayoral valorar si ese toro merece volver al campo; esa es
también su responsabilidad como criador. Pero lo sucedido aquella noche estuvo
lejos de eso. Eran más los que se manifestaban en contra.
Me queda la
imagen de un empleado de Acho corriendo por el callejón, camiseta blanca en
mano, soliviantando los tendidos. Todo ello en la nocturnidad de una tenue luz,
con escasos reflectores, mientras el público debatía airadamente el no al
indulto. El palco, presuroso, sacó el pañuelo, y más prisa aún tuvo su torero,
que simuló ipso facto la suerte suprema.
Me queda la sensación de un indulto impulsado desde fuera del cauce natural de la Fiesta, más cercano a la necesidad de cerrar un festival con un triunfo añadido que al reconocimiento espontáneo de una bravura excepcional. Cuando el rito se utiliza como argumento de promoción, pierde su valor y queda deslegitimado. Entiendo que en los festivales el baremo se flexibiliza; pero lo de ayer hace daño y tira abajo el pedestal sobre el cual queremos ver y mantener a nuestra Acho del alma, en su atalaya de tradición.
Lo que digo
no es nada nuevo. Es seguir las huellas de quienes antes que nosotros
defendieron la integridad del espectáculo. Recuerde usted la palabra de Zeñó
Manué, acérrimo defensor de la pureza de la Fiesta, cuando en su libro Tendido
5, Barrera 25 evocaba a don Fausto Gastañeta, cuyo nombre lleva la calle
aledaña a Acho y quien firmaba como “Que se vaya”, aquel grito del público
limeño de otros tiempos en los tendidos de la Plaza de Acho cuando un torero,
un ganadero o un juez de plaza realizaba una mala labor. Don Fausto fue quien
le dejó a Zeñó Manué la página taurina del decano tras su muerte en 1945,
continuando así una tradición de crítica y exigencia.
De su
pluma, Zeñó Manué recordaba aquella prosa irónica y amena en la que Gastañeta
se burlaba abiertamente del toreo de relumbrón, de los lances de mentirijillas
de los trágalas, y zahería sin contemplaciones la escasa —o ninguna— casta de
los cornúpetas y la tontería de los cuneros.
Hogaño,
habiendo transcurrido varias décadas desde aquellos tiempos, poco parece haber
cambiado. O demasiado se ha chabacanizado el espectáculo fuera de la Feria del
Señor de los Milagros. Un horror. Acho debe ser referente de exigencia y rigor
del rito, santo y seña de la más pura tradición.
De eso poco
existe ya. Está visto y comprobado que con eventos como este poco o nada se
puede sostener del tronío y la categoría que durante 260 años han forjado la
grandeza taurina de este recinto único en el mundo, por su hermosa
arquitectura, que se yergue como pandereta de octógonos sobre la arena de un
tiesto tendido al sol; acendrado Monumento Histórico y orgullo nuestro por los
siglos de los siglos.
TORO A TORO
El cartel
estuvo conformado por los españoles Octavio Chacón y Pérez Mota, los peruanos
Paco Céspedes y Fernando Villavicencio, Calita de México y el Colombia do Franco Salcedo. De los
ejemplares lidiados desgajaremos en toro a toro.
1o de
Imperio Bravo para Chacón. No tuvo
recorrido. Echaba las manos arriba. Tuvo poca fuerza. Se escupió del caballo de
picar y a la muleta llegaba vencido. No quería salir de las rayas a la faena de
limitó a un trasteo con porfia sustentado en el oficio del andaluz. Muleta
retrasada y montarse. Pincha y defectuosa.
Vuelta al ruedo.
3o de Villa Hermosa feo salinero para Pérez
Mota. Un aparente terciado
mayorsito. De 1 en 1 y cruzado para que
no se revuelva pronto sobre las manos y más de una vez casi se lo lleva. Se aplaudió el esfuerzo. Pincho y tras
enjaretar el acero que asomó por el costillar lo dicho arriba. Oreja de palco.
5o de Valle Bravo Canta. Novillito algo basto pero que tuvo la virtud de desplazarse y aunque a media altura y salirse suelto en el capote se dejó ver. Algunos lances de Fernando Villavicencio. En muleta metió por abajo los pitones y rebosándose se colocaba para seguir acometiendo pero la intermitencia en la convicción solo y solo si le dejaba la muleta puesta surgía el toro en redondo y ligado que fue muy poco. Estocada trasera y tendida. Leve petición y oreja.
6o de Santa Cruz de Costuro para Franco Salcedo. Señalado en varas. Bien Camucho que saludó en banderillas. Y llegó justo de fuerzas a la muleta que siempre estuvo retrasada por su corta y noble embestida. Trasteó aseado en series cortas. Y luego sucedió el soliviantado indulto que aunque con más negación que gente a favor el Usía una vez más hizo lo que él y el enajenado del callejón hubiera tenido encargado.
Cinco
orejas concedidas, con calado real solo una: la de Calita. El resto,
generosidades
de Acho y sus autoridades. Para mayor inri, habrá notado usted
que no reseño la suerte de varas. Una parodia. Y en Acho, pecado mortal. Ya lo
decía Zeñó Manué: es necesario el toro y la Fiesta brava en su integridad para
que no se quiebre el drama y no pierda su esencia. O la salvamos íntegra o se
derrumba hacia la parodia.
FICHA:
Rimac, Acho, Domingo 12 de julio Festival. Toros de Imperio Bravo, rajado; Las
Nubes, malo; Villa Hermosa, cierto peligro; Pilar de Achacota, corto de vencía;
Valle Bravo Canta, noble y repetidor; Santa Cruz de Costuro, noble poca fuerza,
indultado. Octavio Chacón (Esp) vuelta; Paco Céspedes (Perú) silencio; Pérez
Mota (Esp), oreja; Calita (Méx) oreja; Fernando Villavicencio (Per) oreja;
Franco Salcedo (Col) 2 simbólicas y puerta grande.




