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domingo, 12 de agosto de 2012

La “barbarie” taurina por MVLL

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MVLL se destapa no sólo como abanderado de la defensa de la Tauromaquia, como arte y tradición, sino además como acertado cronista que se vale de su exquisita narrativa, incluyente, libre de terminología y que resulta de fácil entendimiento para el iniciado en el espectáculo taurino.

Usa como recurso contar lo que vio en una corrida en Marbella para, por un lado, llamar la atención de los profesionales y taurinos, que los aficionados queremos ver la ejecución justa y cabal - sin excesos al realizar las suertes cruentas- (que con ello se 'humanizaría mucho el espectáculo, digo yo); y por otro, responder a un furibundo ataque de un intelectual anti que en su ensayo denigra lo español sea toros, escritores, artistas, etc. Léelo detenidamente, disfrútalo.



PIEDRA DE TOQUE. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran

La Plaza de Toros de Marbella no tiene el sabor que da la antigüedad a plazas como la de Ronda o la de Acho de Lima, ni el prestigio de las de algunas grandes ciudades como Sevilla, Madrid o México y, puesto que en sus tendidos se ven a veces más turistas que nativos, los exquisitos de la tauromaquia se permiten mirarla por sobre el hombro. Pero en esta placita provinciana ocurren a veces cosas notables, como la del domingo 5 de agosto, en la corrida en que El Cordobés, Paquirri y El Fandi lidiaron seis toros de Salvador Domecq.

Todo coincidió para producir esa maravilla: la magnífica tarde de sol alto y cielo azul, los seis astados bravos, alegres, nobles y de buen peso, el entusiasmo del público que ocupaba media entrada y el pundonor de los toreros, su virtuosismo y su voluntad de gozar y hacer gozar. Lo consiguieron. Fue una magnífica corrida y, con la excepción de una vara de más al primer toro de El Cordobés, sin una falla, algo rarísimo en todos los cosos del mundo. El presidente se excedió y concedió 10 orejas pero la afición estaba tan contenta que nadie se lo reprochó.

Manuel Díaz El Cordobés estuvo simpático y comunicativo con los tendidos cada vez que dio la vuelta al ruedo, lo que es normal en él, pero felizmente a la hora de torear moderó su exhibicionismo, sus piruetas y nos exoneró de sus famosos saltos de rana. Demostró que, además de vistoso y trejo, puede ser serio, entablar con el toro esa complicidad tensa de la que resulta una faena redonda. No estoy contra los desplantes y una cierta dosis de histrionismo en la arena, pues también eso, como las bandas verbeneras y los pasodobles, forma parte de la fiesta, y he visto grandes diestros que se permitían a veces, en medio de electrizantes faenas, alguna payasada. Pero prefiero el toreo profundo, el que nos hace presentir eso que Victor Hugo llamaba “la boca de la sombra”, el pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción —poetas, músicos, cantantes, danzarines, toreros, pintores, escultores, novelistas— se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio, que nos desvela una verdad recóndita sobre lo que somos, sobre lo hermosa y precaria que es la existencia, sobre lo que hay de exaltante y trágico en la condición humana. Ese es el estilo taurino que más me conmueve y por eso admiré tanto a Antonio Ordóñez y admiro ahora a un Enrique Ponce o un José Tomás.

Francisco Rivera Ordóñez, Paquirri, al igual que su hermano Cayetano, ha heredado de su abuelo, el gran Antonio Ordóñez, la elegancia y una valentía tranquila y natural de enfrentarse al peligro, de encerrarse con el toro en un diálogo secreto del que resultan figuras en las que se mezclan la gracia, la destreza, la inteligencia y por supuesto el coraje. Hasta cuando banderillea lo hace evitando la exageración, exponiéndose en la justa medida, para que nada desentone.

El artículo de Ferlosio es una de las diatribas más destempladas y feroces que he leído contra este espectáculo

Pero la suerte de banderillas es aquella en la que la corrida está más cerca de la danza, cuando se vuelve coreografía, ballet, y pocos toreros encarnan mejor ese trance que David Fandila, El Fandi. Fue siempre un banderillero soberbio y esa tarde lo probó, encendiendo las tribunas con su arrojo. Hacía tiempo que no lo veía torear y, en Marbella, me pareció que había madurado mucho, que ahora maneja la muleta con más temple, color y matices, aunque siempre con el mismo tesón.

Fue una tarde muy bonita y al salir de la plaza me pregunté si un espectáculo como el que acabábamos de ver cambiaría la opinión que Rafael Sánchez Ferlosio tiene de los toros. Probablemente, no. Ese mismo día había leído, en EL PAÍS, un artículo suyo, Patrimonio de la Humanidad, una de las diatribas más destempladas y feroces que he leído contra los toros, que él quisiera que desaparecieran de una vez “no por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres”.

Según él, los toros son la manifestación más flagrante de la barbarie humana. Su artículo evoca a las hordas sádicas que hicieron “una protesta ensordecedora” cuando don Miguel Primo de Rivera, en 1928, ordenó que se protegiese con gualdrapas forradas a los caballos de la suerte de varas que, hasta entonces, morían como moscas despanzurrados por los toros. Y, al parecer, era eso, más que la lidia, lo que los aficionados querían ver: el sufrimiento y la matanza de los brutos. He asistido a muchas corridas en mi vida y no recuerdo una sola en la que haya visto a las tribunas regocijarse cuando un toro derriba o hiere a un caballo; más bien, la reacción del público es siempre la contraria.

En los toros hay una violencia que para muchas personas, como Sánchez Ferlosio, es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que alguien quisiera obligar a nadie asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que él y quienes quisieran acabar con los toros, traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería en la que se expresaría “el alma-hecha-gesto de la españolez”. No entiendo lo que esta frase quiere decir, pero sí la intención que la mueve y ella es un puro disparate. “La españolez” (una entelequia que expresaría la esencia metafísica de todo lo español) en primer lugar no existe, y, en segundo, si existiera, estaría tan fracturada respecto a las corridas de toros como sabemos muy bien que lo está España.

Privarnos de la fiesta sería un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, libros o ideas

El artículo de Sánchez Ferlosio está redactado de tal modo que, se diría, la “españolez” es algo que se encarna solo en “los castellanos”, pues son estos, a su juicio, quienes “se han puesto a reivindicar la alta culturalidad” de los toros. ¡Protesto! ¿Y los andaluces, vascos, gallegos, peruanos, colombianos, mexicanos, ecuatorianos, bolivianos que defendemos la fiesta? ¿Y los franceses, que han declarado la corrida un bien cultural de la nación? La “barbarie” taurina tiene un arraigo mucho mayor que la geografía castellana y llega, por ejemplo, hasta Suecia, donde, la última vez que estuve en Estocolmo, descubrí una peña taurina con varios cientos de afiliados.

Por otra parte, el artículo deja la impresión de que, por haber prohibido los toros, los catalanes quedan exonerados del oprobio barbárico. Protesto, otra vez. Conozco buen número de catalanes tan aficionados a la fiesta como yo y sin duda él mismo recordará que, cuando se discutía la prohibición, en el manifiesto en defensa de los toros que apareció en Barcelona, entre los firmantes figuraba buen número de artistas e intelectuales catalanes de primera línea, entre ellos Félix de Azúa y Pere Gimferrer.

Sánchez Ferlosio vapulea a Fernando Savater por “la poética nebulosidad de acento vaporosamente zambraniano” de su ensayo sobre la muerte y la tauromaquia, y ridiculiza a Ortega y Gasset por ese “excelso ortegajo” que, en su opinión, fue afirmar que no se puede comprender la historia de España sin tener en cuenta la historia de las corridas. Ambas recusaciones son innecesariamente hirientes e injustas. Savater y Ortega han escrito ensayos que ayudan a entender la complejidad de la fiesta, su entraña sociológica, su reverberación tradicional y mítica, sus raíces psicológicas y su valencia artística. ¿Qué hay de ridículo en utilizar la perspectiva taurina para estudiar, por ejemplo, la filiación que enlaza a España con la mitología de Creta y Grecia y llega, pasando por Goya, hasta Picasso y García Lorca, en la que destaca como protagonista la noble estampa del toro de lidia?

Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que, como esa semiclandestina de Marbella de la tarde del 5 de agosto, nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo.

© Mario Vargas Llosa, 2012.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2012.

martes, 8 de mayo de 2012

Vargas Llosa: “He llevado a mis hijos cuando eran pequeños a los toros y ninguno me ha salido cruel”

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Con el máximo respaldo institucional ve la luz la FERIA DEL ARTE Y LA CULTURA, cuyos ciclo de actos inauguró el Nobel Mario Vargas Llosa
Taurodelta y Arte Taurino Tour inauguraron un espacio de 800 m2 al lado de la plaza para acercar a los madrileños a los toros a través exposiciones, coloquios, eventos sociales, música en vivo y gastronomía.


Mario Vargas Llosa y Fernando Sánchez Dragó. El encuentro entre el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, y el escritor, Fernando Sánchez Dragó, ha puesto fin con gran brillantez a la inauguración del “Espacio Arte y Cultura”. “Conversación en la catedral del toreo”, título que daba nombre a esta cita, ha sido mucho más que un diálogo, un alegato claro de exaltación de la Tauromaquia. Vargas Llosa respondió a las preguntas de Dragó, también en calidad de director cultural del proyecto “Espacio Arte y Cultura”, e hizo un recorrido de su afición taurina que germinó muy pronto tras asistir a su primer festejo cuando contaba con nueve años del todavía guarda “un vivísimo recuerdo”.

Después confesó: “He llevado a mis hijos cuando eran pequeños a los toros y ninguno me ha salido cruel”. El escritor peruano añadió que los aficionados a los toros no deben tener ningún complejo porque les guste este espectáculo y solicitó tener la misma libertad para estar a favor como en contra.

Los momentos sin duda más brillantes de esta hora y media de diálogo fueron cuando Vargas Llosa precisó que “el toro bravo es una creación del hombre, es un privilegiado tratado con amor y cariño”. Por su parte no eludió hablar de la prohibición de los toros en Cataluña calificándola como una decisión que se atiene a “razones políticas” más que a razones de otro tipo. Mario Vargas Llosa recordó la Cataluña con “vocación de una modernidad extraordinaria, nada provinciana” que se miraba en el resto del “mundo” algo que ahora no es así. Vaticinó que el nacionalismo que ha abolido  los toros en Cataluña terminará desapareciendo y los toros regresarán antes o después ya que hay grandes aficionados allí.


Finalmente explicó su visión como creador de lo que es presenciar un espectáculo taurino: “La plaza entra en una especie de trance y es muy conmovedor” ver como de repente todo eso “se convierte en un rito que tiene algo de religión”. “Los toros –prosiguió- tienen algo de verdad y muerte y nos lo va mostrando a través de las formas”. Y concluyó al responder a la pregunta de Sánchez Dragó de si el escritor como el torero se pone de frente ante el papel que guardando las distancias de una disciplina con la otra, el escritor “en un momento dado se juega el todo por el todo”.

Taurodelta