Por Magaly Zapata
Hay una frase que suele repetirse cuando la verdad termina imponiéndose: "Hay un Dios que todo lo ve". Eso me dijo en un mensaje quien ocupa el artículo, pero más allá de cualquier creencia, el tiempo suele poner cada cosa en su lugar. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido con la Feria de Cutervo.Desde enero
de 2026 fui publicando información que contrastaba con los anuncios oficiales y
que, con el paso de los meses, fue revelando una realidad muy distinta a la que
se ofrecía a la afición. Lo sucedido finalmente en el coso Jorge Piedra Lozada
no fue un hecho inesperado; era el desenlace de una sucesión de advertencias,
incumplimientos y señales que muchos prefirieron ignorar.
El primer
aviso llegó el 12 de enero, durante la apertura de propuestas para la
organización de la feria. Allí, el aficionado Rubén Arturo Vílchez pidió
públicamente al comité que valorara la única propuesta que presentaba carta
fianza y una contribución económica garantizada, recordando que Cutervo ya
había sufrido demasiadas promesas incumplidas (recordemos “la feria del ensueño”).
Cuatro días después, uno de los integrantes del comité, Edwin Ángel Cubas
Barboza, presentó su renuncia denunciando la falta de claridad en el proceso de
selección y advirtiendo sobre un posible direccionamiento blando en la
decisión.
El 16 de
marzo llegó la presentación oficial de la empresa junto al alcalde. Sin
embargo, varios de los nombres utilizados para obtener la adjudicación —como
Borja Jiménez, Jesús Enrique Colombo, Joaquín Galdós y otros toreros— nunca
estuvieron realmente cerrados. Sus nombres sirvieron para fortalecer una
propuesta que posteriormente empezó a desmoronarse.
El caso de
Borja Jiménez fue el primero que hice público. El 13 de enero, el propio
matador me confirmó desde España que no existía ningún acuerdo. A partir de
entonces comenzaron a repetirse situaciones similares con otros toreros
anunciados. Mientras verificaba esa información, el propio empresario intentó
contratarme para trabajar en la feria. No respondí. Tiempo después volvió a
insistir a través de terceros.
Lo
paradójico es que por diciembre 2024 había apoyado su proyecto en La Encañada
creyendo que se trataba de un joven empresario con ganas de abrirse camino.
Tras publicar la aclaración sobre Borja, me reprochó en Acho haber informado la
verdad. Mi respuesta fue la misma que sostengo hoy: mi compromiso nunca ha sido
con una empresa, sino con la afición y con la defensa y la historia de una
importante feria del país.
Durante los
meses siguientes continuaron apareciendo señales preocupantes. Persistía la
publicidad de toreros sujetos a exclusividad con otras plazas; A comienzos de
junio empezaron a confirmarse las bajas de Torrehandilla, Hermanos Navarrete y
Puerto San Luis. Poco después llegaron los comunicados de Fernando Adrián y
otras ausencias, mientras continuaban las dudas sobre la disponibilidad real
del ganado y el cumplimiento de los compromisos económicos con toreros y
ganaderos.
Lo ocurrido
en la última corrida de la feria, cuando los toreros anunciados no pudieron
hacer el paseíllo hasta cerca de las seis de la tarde, terminó por confirmar
todas las alertas que se habían venido acumulando durante meses. Un retraso de
esa magnitud en un espectáculo de esta categoría refleja la improvisación con
la que se manejó un compromiso de enorme responsabilidad.
Las
consecuencias no terminaron con el telón bajado. La deuda económica que dejaría
esta organización sería cuantiosa. Según diversas fuentes vinculadas al
desarrollo de la feria, algunos matadores españoles habrían recurrido a préstamos para afrontar sus obligaciones
tributarias y regresar a su país con la promesa de cobrar después los
honorarios pendientes. Los subalternos, por su parte, recibieron únicamente un
adelanto de lo convenido para salir a torear, quedando el saldo sujeto al
compromiso de ser cancelado en los días siguientes. La cuadra de caballos
también permanece a la espera de completar sus pagos.
No escribo
estas líneas para decir "tenía razón". Las escribo porque una feria
histórica como la de Cutervo merece una gestión profesional, transparente y
seria. La principal perjudicada no ha sido una empresa, sino una afición que
volvió a depositar su confianza en su autoridad edil y comité taurino terminó recibiendo una
organización muy por debajo de lo prometido.
Pero las
responsabilidades no terminan en la empresa adjudicataria. El alcalde y el
comité taurino, que optaron por esa propuesta pese a las advertencias que
fueron surgiendo desde el propio proceso de adjudicación y que mantuvieron su
respaldo mientras se acumulaban las señales de incumplimiento, deberán asumir
también la responsabilidad que les corresponde por la decisión adoptada.
Administrar una feria de la trascendencia de Cutervo exige no solo entusiasmo,
sino criterio, capacidad de evaluación y, sobre todo, la obligación de actuar
cuando los hechos empiezan a desmentir las promesas.
Cutervo no
necesita vender imposibles. Necesita empresarios solventes, proyectos realistas
y autoridades capaces de anteponer la seriedad a los anuncios espectaculares.
Aspirar a carteles con figuras, importar ganaderías y asumir compromisos
millonarios sin el respaldo económico suficiente solo conduce al descrédito de
la plaza y pone en riesgo la confianza de toreros, ganaderos, apoderados y
profesionales que, a partir de ahora, pensarán dos veces antes de comprometerse
con esta feria.
No es la
primera vez que Cutervo tropieza con la misma piedra. Ojalá que esta
experiencia marque un antes y un después. Las deudas podrán pagarse, pero la
credibilidad cuesta mucho más recuperarla. Y cuando se compromete el nombre de
Cutervo, también se compromete el prestigio del Perú taurino ante el mundo.
